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Ejército de Tierra

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REALES ORDENANZAS DE LAS FUERZAS ARMADAS. INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

Antes de que existieran Ejércitos y Armadas permanentes, los Reyes españoles sintieron la necesidad de regular orgánicamente el servicio de sus huestes y tripulaciones y dictaron para ello normas generales que estuvieron fundamentadas en el respeto a la dignidad del hombre, la exaltación de su honor y el reconocimiento de sus derechos individuales.

Forjaron así fuertes Ejércitos y Armadas que alcanzaron las históricas victorias que dieron a España unidad, prestigio y poder, gracias al espíritu que supieron inculcar en esforzados capitanes, marinos y soldados.

Sobre los principios básicos del amor a la Patria, la obediencia al mando, el culto al honor, el valor frente al enemigo y la disciplina en todo, que dan firmeza moral, fueron regulando el régimen, gobierno y servicio de sus fuerzas de tierra y mar mediante disposiciones que, desde hace siglos, se conocen como Ordenanzas Militares.

Ya en el "Liber iudiciorum", recopilación visigótica que, precisamente en materia militar (Libro IX, Título II), va a ser modificado por Wamba, encontramos reglas para un Ejército mandado por el Rey y al servicio de un Estado para la defensa de la "patria gotorum...intra fines Hispaniae". No se puede desconocer tampoco la validez de las partidas del Rey Sabio, especialmente de la Segunda, en cuanto fue la primitiva común a varios reinos, pues traducida al catalán reglamentará la tenencia de castillos en la Corona de Aragón. Estas "Ordenanzas" recogen y sistematizan la ciencia militar de la época, incluso anticipándose tanto de su esencia perduró varios siglos, pese a las profundas transformaciones que el nacer del Estado moderno y los Ejércitos permanentes produjeron.

Para afrontar los nuevos tiempos creyeron suficiente los Reyes Católicos dictar unas Ordenanzas "para la buena gobernación de las gentes, de su guardas, artillería y demás gentes de guerra y oficiales de ella", dejando intactas las normas de conducta para los hombres de guerra por mar y por tierra contenidas en la Segunda Partida.

A partir de entonces se sucedieron algunas Ordenanzas particulares dictadas por Reyes y Capitanes, pero la primera, en su estricto sentido, fue el "Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado", redactado en 1568 por el maestre de Campo D. Sancho de Londoño por orden del Duque de Alba. En él se definen por primera vez los diferentes "grados y oficios de la milicia", se señalan sus obligaciones y se fijan las penas en que incurren quienes las quebranten.

El declinar del Imperio Español en el siglo XVII se reflejó en la milicia hasta tal punto que Felipe IV hubo de promulgar la nueva Ordenanza de 1632, "por cuanto la disciplina militar de mis Exercitos ha decaído en todas partes de manera que se hallan sin el grado de estimulación que por lo pasado tuvieron...". Sería este ordenamiento, que también alcanzaría larga vida, el que dirigió a los Ejércitos durante el triste período de nuestra Historia que se abre con la secesión de Portugal y termina con la Paz de Utrecht.

Instaurada la nueva dinastía se inicia una febril actividad renovadora, que inevitablemente alcanzaría a Ejércitos y Armadas. El deseo de recobrar el prestigio de España en el concierto internacional llevó a los Moncarcas de la Casa de Borbón a reconstruir sus fuerzas militares, y para conseguirlo promulgaron, con frecuencia, Ordenanzas regeneradoras.

Las Ordenanzas marítimas, de inmemorial origen, fueron refundidas en las "Costums de la Mar", así como en las "Ordinaciones de la ribera de Barcelona", aprobadas por Jaime I en 1258, precedentes ambas, junto con los "Capitols del Rey en Pere" de 1340, del libro del Consulado de mar, que en su capítulo IV trata de las "Ordenanzas de la Armadas en corso". A la secular tradición marinera y mediterránea del Reino de Aragón se unirá Castilla en 1243 con la creación de su <marina por el Rey Sancho. Posteriormente se dictarán las "Ordenanzas de Galeras" en 1621, y para el Atlántico, las "Ordenanzas del Mar Océano" de 1633, que pasaron en 1717, con motivo de la creación del Cuerpo General de la Armada, así como de los Batallones de Marina, a hacerlo por las "Ordenanzas que siendo Intendente D. Joséph Patiño, se mandaron observar a todos los Oficiales, Generales y Particulares, Capellanes y demás individuos de la Real Armada", pero no se estableció un régimen común para roda la Marina de Guerra, hasta que Fernando VI promulgara en 1748 las Ordenanzas para "El Gobierno militar, Político y Económico de su Armada Naval". Estas Ordenanzas, rehechas en su tomo I - "Sobre la gobernación militar y marinera en general y uso de sus fuerzas navales en la mar", pero en su tomo II sobre la Compañía de Guardia Marinas, los Batallones de Infantería de Marina - por Carlos IV en 1793, fueron complementadas en 1802 con la "Real Ordenanza Naval para el servicio de los Baxeles de S.M." y una nueva de matrículas.

Los Ejércitos tuvieron a partir de 1701 numerosas Ordenanzas que iban sustituyendo a las de 1632, pero éstas no fueron anuladas en rigor hasta la publicación de las de 1728, derogadas a su vez en 1768 por las de Carlos III "para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus Exercitos", de aplicación también a la Armada, desde 1769, "en lo que fuesen compatibles con las suyas propias".. Más tarde, en 1802, se promulgaron las "Ordenanzas para la Artillería", y en 1803, las del Cuerpo de <ingenieros.

Estos textos clásicos encerraban en sí principios filosóficos y morales tan adelantados a su época que lograron mantener su espíritu hasta nuestros días, superando con éxito los importantes cambios producidos en la sociedad española a lo largo de los dos siglos que separan la <monarquía absoluta de la parlamentaria.

En tan larga permanencia hubieron de sufrir la erosión del tiempo, y, en la práctica, la caso totalidad de sus artículos fueron quedando, expresa o implícitamente, derogados o con difícil aplicación a las actuales necesidades, como consecuencia de la evolución de la ciencia militar, las nuevas técnicas de combate, la radical transformación de armas e ingenios, al nacimiento y expansión del Ejército del Aire, las nuevas ideas sobre el ejercicio de la autoridad, las grandes alteraciones en las estructuras sociales y políticas y los compromisos internacionales adquiridos por España.

Consecuentemente no es nueva la intención de reformar las <ordenanzas. Ya en 1801 Carlos IV facultaba a Godoy para que complementara y pusiera al día las de su predecesor, y en 1810 en tiempos de Fernando VII, se les añadía un apéndice de 18 artículos.

A lo largo de los siglos XIX y XX fueron numerosas las comisiones revisoras. A las Cortes, herederas de la facultad legislativa, antaño facultad real, llegaron en 1822, 1842 y 1873 sendos proyectos de ley, que no prosperaron al ser interrumpidos los debates parlamentarios por cambios políticos en la gobernación del Estado, y en épocas más recientes destacan los intentos reformistas de los equipos ministeriales Silvela-Polavieja en 1899, Canalejas-Luque en 1911.

En nuestros días la Armada constituyó en 1973 la Comisión de Ordenanzas Generales de la Armada (CORGENAR) y el Ejército de Tierra en 1976 la de Normativa Moral Militar, luego ampliada para dar entrada a representantes de otros Ejércitos y que constituyeron los antecedentes directos e inmediatos de la que recibió el encargo de redactar el Proyecto que ha servido de documento de trabajo para la elaboración de la presente Ley.

Entretanto, parte importantes de las viejas Ordenanzas eran sustituidas por multitud de disposiciones, entre las que destacan las <leyes Constitutivas del Ejército de 1821 y 1878; la que en 1882 aprobó el Reglamento para el Servicio en Campaña; la de 1890, que autorizaba la publicación del Código de Justicia Militar, y el Reglamento para el Detall y Régimen Interior de los Cuerpos de 1896.

En ninguna de esas ocasiones se propusieron los reformistas alterar los principios de orden y disciplina, que constituyen la parte esencial de esos monumentos del saber y la experiencia, que han servido de guía permanente para que numerosas generaciones militares ejercieran con ejemplaridad la profesión de las armas.

Por todo ello, resulta oportuna la decisión de la Junta de Defensa Nacional, presidida por Su Majestad el Rey, de proceder a una revisión y actualización de las antiguas Ordenanzas tarea que se inicia con la promulgación de la presente Ley de Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, aprobadas por la Cortes Españolas y sancionadas por Su Majestad, las cuales serán base de una Segunda Parte que contenga las Ordenanzas particulares de la Armada y de los Ejércitos de Tierra y Aire.

Toda esta labor se inscribe en el marco del ordenamiento jurídico general, pues la legislación militar, por específica que sea, se subordina a la Constitución del Estado, al que las Fuerzas Armadas sirven, y se realiza en una línea de continuidad que permite soldar con acierto el pasado y el provenir, conservando intacto el acervo histórico de una tradición militar ligada ayer a la forja de nuestra nacionalidad y que nos obliga hoy a la defensa de la unidad e integridad de la Patria común: España.

para alcanzar este objetivo, las nuevas Ordenanzas, como todas las que las precedieron, ponen su acento en el patriotismo de las Fuerzas Armadas - exclusivamente consagradas al servicio de la Patria - y en el que tienen su origen todas las virtudes castrenses.

En la disciplina, que nos obliga a todos por igual, pues como dijera Sancho de Londoño, "sería andar por las ramas hacer Ordenanzas y Estatutos para enfrenar y tener a raya a los que han de obedecer, si no se introducen primero todos los necesarios en los que han de mandar".

En el sentimiento del honor, que impulsa a obrar siempre bien y ha de llevar al militar al más exacto cumplimiento del deber.

En la mutua lealtad, que debe inspirar las relaciones entre mandos y subordinados.

En la eficacia en el servicio y muy especialmente en el combate, que exige competencia profesional, sereno valor y abnegación para sobrellevar la dureza de la vida militar.

En la dignidad del hombre y en el respeto de sus derechos inviolables, que han sido recogidos y expresamente destacados, sin otras limitaciones que las derivadas de la necesaria protección de la Defensa Nacional, las exigencias de la disciplina y la defensa de la unidad de las Fuerzas Armadas.

Con tal espíritu, estas Reales Ordenanzas han de servir al fin propuesto, y los militares de hoy las observarán con la misma puntualidad con la que los de ayer cumplieron las anteriores.