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Mando de Adiestramiento y Doctrina

Novas

lunes 16 de junio de 2014

Número: 01

Mando de Adiestramiento y Doctrina.

Aprobado el Cartel para la nueva edición del Premio Hernán Pérez del Pulgar.

Cartel

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Lamina

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La Real Maestranza de Caballería de Granada, presidida por el Teniente de Hermano Mayor Ignacio Pérez Herrasti, institución que subvenciona el premio de investigación Hernán Pérez del Pulgar, aprobó el cartel anunciador de la decimoquinta edición del premio.
El cartel, se basa en una obra del pintor Augusto Ferrer Dalmau, que cedió amablemente los derechos para la reproducción de su trabajo, en este caso un soberbio retrato ecuestre del general Diego de León y cuya sugerente vida no podemos omitir y que extraemos de la excelente biografía que sobre tan heroico personaje hizo en su día Nicómedes Pastor Díaz.
Diego de León evoca la historia romántica y caballeresca de la primera mitad del siglo XIX. Capitán general por méritos de guerra, murió frente al pelotón de fusilamiento con apenas 34 años, después de romper en tres pedazos su lanza de combate y tras repartir monedas y puros habanos entre los hombres del pelotón que lo habrían de ejecutar. Víctima de las discordias entre españoles, en su último trance vestía el uniforme de los Húsares de la Princesa: dolmán rojo, bordado de oro; pantalón azul celeste con un ancho galón; el dolmán abierto, dejando ver sus condecoraciones. Llevaba en la cabeza el chacó de los húsares con sus anchas plumas. Su rostro respiraba serenidad y orgullo; que se hubiera creído que iba a pasar una revista militar.
Cordobés, entró en el ejército con 17 años con el grado de Capitán de Caballería, tras comprar la plaza su padre por 64 caballos. Después de servir en la caballería de la Guardia Real, y estallada la guerra carlista, se añade al partido de la reina niña por pura caballerosidad, estando sin embargo sus ideas y pasiones más cercanas a la del pretendiente Don Carlos. Su vida es entonces una sucesión interminable de hazañas individuales, jugándose siempre la vida hasta alcanzar una de las mejores posiciones del ejército: Urbiza, Muez, Nazar, Asarta, el puente de Arquijas, Larraga, Arroniz, la retirada del fuerte de Treviño, el sitio de Salvatierra, Mendigorría. En la batalla de los Arcos, con 80 lanceros cayó sobre 5 batallones y tres escuadrones del enemigo, cargando hasta cinco veces y obligándoles a tomar la retirada. En aquella acción perdió tres caballos de los que montaba. Su comportamiento en esta acción fue tan heroico que su general en jefe Córdova ordenó se le impusiera en el mismo campo de batalla la Cruz Laureada de San Fernando. Esa sería su constante siempre, destacando por su envergadura, por su valor y espíritu temerario. Marchaba en los ataques al frente de sus lanceros para cargar donde el enemigo era más fuerte o dónde la situación se presentaba más comprometida. Siguieron sus intrépidas acciones en Salvatierra, Guevara, Estella, Montejurra, en lista interminable Arlabán. En Villarrobledo haciendo frente a las tropas carlistas de Cabrera y Gómez Damas, vuelve a cubrirse de gloria al mando del Regimiento de Húsares. Allí se enfrenta a fuerzas muy superiores, maniobrando con habilidad para colocarse mediante un movimiento rápido en el flanco de la línea enemiga, formada por catorce masas de infantería y dos columnas de caballería. No dio oportunidad al enemigo para un cambio de dirección, sino que cargando inmediatamente lo arrolló todo, lo deshizo todo, lo mismo a los infantes que a los caballos, capturando cientos de prisioneros. Arrebatado del ardor del combate, cegado del entusiasmo febril que sólo conocen los que han jugado con la vida y la muerte en las batallas, el valeroso coronel fue dejando detrás de si a sus húsares empeñados en la reducción de focos de resistencia, penetrando casi en solitario por entre una masa formidable de soldados, que como las olas podían volverse a cerrar sobre su paso, trazando un sendero de carnicería por en medio de aquellos 11000 hombres apiñados en formación compacta, sin volver los ojos atrás sino para pasar con su lanza a los que le acometían por la espalda. Trece de las catorce masas enemigas había atravesado ya, y al tocar la última, se encontró con que sólo ocho húsares, nueve con él, habían llegado hasta allí; pero no los contó, sino que con ellos se arrojó sobre aquella masa, con ellos la intimidó y la puso en fuga, con ellos penetró hasta las calles del pueblo, y con ellos dio cima a su brillante hazaña: 860 hombres contaba la última columna, y los 860 se rindieron. El Regimiento fue desde aquella hazaña considerado como invencible, cada húsar fue desde entonces señalado con el dedo y el coronel fue ascendido a brigadier. En Barbastro, al poco, cuando la victoria parecía inclinarse hacia el bando carlista, con tres escuadrones de húsares y uno de cazadores, se situó al flanco del enemigo y escalonando sus fuerzas comenzó a dar cargas alternadas, obligándole a ceder en su ataque y a la retirada. En Barcelona realizó la mejor carga de caballería de toda la contienda, en las calles el pueblo se le quedaba mirando y la gente se apiñaba por contemplarle. Invicto siguió repitiendo sus hazañas del mismo modo por aquella geografía en llamas. La falta de recursos detuvo las operaciones; sin calzado para la tropa, sin salarios para nadie, parecía que no se adelantaba un paso en la interminable guerra, pero León vencía todos los obstáculos con su actividad y con su ejemplo. Si había privaciones, él era el primero en sufrirlas; si había peligros, él era el primero en arrostrarlos. A caballo desde el amanecer, aún le quedaba tiempo para empeñar una acción cada día, hasta conseguir que los enemigos respetasen su campo. Con 30 años es ascendido al empleo de Mariscal de Campo, concediéndosele el mando del ejército de Navarra. En el valle de Echauri, a 19 kilómetros de Pamplona, se encuentra la aldea de Belascoain. Aquí, los carlistas han fortificado un puente protegiéndolo con varias piezas de artillería. Sin arredrarse por la ventajosa posición del enemigo, ordena a su corneta que toque carga y se lanza el primero contra las defensas. Se cuenta que, durante la guerra, Diego de León tuvo 21 caballos muertos en combate y aquel día, el corcel que montaba resultó mortalmente alcanzado cuando su jinete, sable en mano, irrumpió entre los carlistas a través de la tronera de uno de los cañones, acción meritoria que le valió el título de Conde de Belascoain. En 1840 fue nombrado Capitán General de Castilla la Nueva. Sus proezas le convirtieron en el soldado más admirado y famoso de España, al punto de verse obligado en muchos actos y espectáculos a saludar por las aclamaciones de que era objeto por parte de los presentes, lo cual suscitaba no pocas envidias entre bastantes políticos y militares.
La desordenada vida privada de la reina María Cristina de Borbón, regente de España durante la minoría de edad de Isabel II, le atrae una ola de impopularidad en toda la nación, y ante la vergüenza de verse obligada a explicar en el Congreso su “anómala” situación civil, la viuda de Fernando VII renuncia y se marcha a Francia. Desde su residencia en París, María Cristina conspira para derrocar al nuevo Regente, el General don Joaquín Baldomero Fernández Espartero, tramando toda una serie de intrigas políticas a las que no es ajeno Diego de León. La noche del 7 de octubre de 1841, el General Gutiérrez de la Concha se subleva al frente del Regimiento de la Princesa y ataca el Palacio Real, pero se encuentra con la férrea defensa de la unidad de alabarderos. Concha duda que acción tomar y envía al General Pezuela en busca de Diego de León. Este marcha a ponerse al frente de los sublevados e insta a los defensores de Palacio a rendirse, pero ya es tarde. Las tropas del General Espartero han cercado el edificio. De León consigue escapar lanzando su caballo al galope por el Campo del Moro. En las proximidades de Colmenar Viejo se encuentra con una patrulla y se entrega. El Consejo de Guerra se constituye el día 13 a la una de la tarde y, pocas horas después, ya emite sentencia: pena de muerte. Desde la prisión de Atocha, De León es conducido a extramuros de la capital. Se le traslada a la vista del pueblo en una carreta descubierta y al reo se le ha permitido vestir su uniforme de gala. Una vez en el lugar de la ejecución, el General sacó de su bolsillo unas monedas de oro y las repartió entre los soldados que formaban el pelotón de fusilamiento. A continuación, se quitó el chacó de espléndidas plumas blancas y lanzó una mirada al fiscal militar. Este, procedió a leer la sentencia. Finalizado el trámite, De León avanzó unos pasos y dirigiéndose a los soldados, exclamó: ¡Que no os tiemble el pulso!¡Al corazón!, y él mismo dio las voces reglamentarias. La cerrada descarga rompió atronadora el silencio de la mañana.